Los Cánones de Dort (1619), 1.4-7

ARTÍCULO IV.

Los que no creen en este Evangelio, la ira de Dios está sobre ellos. Pero los que lo reciben, y abrazan a Jesús el Salvador mediante una fe viva y verdadera, son librados por Él de la ira de Dios y de la destrucción, y dotados de la vida eterna.

ARTÍCULO V.

La causa o culpa de esa incredulidad, así como de todos los demás pecados, de ninguna manera está en Dios, sino en el hombre. Pero la fe en Jesucristo y la salvación por medio de Él es un don gratuito de Dios; según está escrito: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios” (Efesios 2:8). Y así mismo: “porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él” (Filipenses 1:29).

ARTÍCULO VI.

Que algunos reciban el don de la fe de Dios y otros no lo reciban, procede del decreto eterno de Dios, “que hace saber todo esto desde tiempos antiguos” (Hechos 15:18Efesios 1:11). Según tal decreto ablanda, por pura gracia, los corazones de los elegidos, por obstinados que sean, y les inclina a creer, pero según Su justo juicio abandona a su maldad y obstinación a quienes no son elegidos. Y es aquí donde, estando los hombres en similar condición de perdición, se nos revela esa profunda, misericordiosa e igualmente justa distinción de personas, o ese decreto de elección y reprobación revelado en la Palabra de Dios. El cual, si bien los hombres perversos, impuros e inestables tuercen para su propia destrucción, también da un inefable consuelo a las almas santas y temerosas de Dios.

ARTÍCULO VII.

Esta elección es un propósito inmutable de Dios mediante el cual Él, antes de la fundación del mundo, de entre todo el género humano caído, por su propia culpa, de su estado original de rectitud, en el pecado y la perdición, predestinó en Cristo para salvación, por pura gracia y según el beneplácito de Su voluntad, a cierto número de personas, no siendo mejores o más dignas que las demás, sino hallándose en la misma miseria que aquellas; y puso a Cristo, también desde la eternidad, por Mediador y Cabeza de todos los elegidos, y por fundamento de la salvación. Y, a fin de que fueran hechos salvos por Cristo, Dios decidió también dárselos a Él, llamarlos y atraerlos poderosamente a Su comunión por medio de Su Palabra y Espíritu Santo, o lo que es lo mismo, dotarlos de verdadera fe en Cristo, justificarlos, santificarlos y, finalmente, guardándolos poderosamente en la comunión de Su Hijo, glorificarlos en demostración de Su misericordia y para alabanza de las riquezas de Su gracia soberana. Conforme está escrito: “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado” (Efesios 1:4-6); y en otro lugar: “y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos también justificó; y a los que justificó, a ésos también glorificó” (Romanos 8:30).

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Religión familiar

“Con la iglesia que está en su casa.» (1 Cor. 16:19)

Entre los saludos presentados por el apóstol Pablo en su primera epístola a los corintios, estaba el a Aquila y Priscila, y “la iglesia que está en su casa” (1 Cor. 16:19). Algunos muy buenos intérpretes, lo sé, entienden esto de una reunión establecida, declarada y solemne de cristianos en la casa de Aquila y Priscila, para el culto público; y se alegraban de tener casas en las que reunirse, donde querían esas mejores comodidades, en las que la iglesia se acomodó después, en sus días prósperos. Cuando no tenían los lugares que podían desear, afortunadamente hicieron uso de los que pudieron conseguir.

Pero otros piensan que se refiere solo a su propia familia y a los visitantes dentro de sus puertas, entre los cuales había tanta piedad y devoción, que bien podría llamarse iglesia o casa religiosa. Así lo entendieron los antiguos en general. Tampoco fueron solo Aquila y Priscila cuya casa fue celebrada así por la religión (aquí y en Rom. 16:5), sino que Ninfas también tenía una iglesia en su casa (Col. 4:15 y Fil. 1:2). No sino que otros, a quienes y de quienes se envían saludos en las epístolas de Pablo, tomaron conciencia de mantener la religión en sus familias; pero estos se mencionan, probablemente porque sus familias eran más numerosas que la mayoría de esas otras familias; lo que hizo que sus devociones familiares fueran más solemnes y, en consecuencia, más tomadas en cuenta.

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Por: Matthew Henry

En: “A Church in the House – A sermon concerning Family Religion” (predicado en Londres, el 16 de abril de 1704).

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Adoración Evangélica, por Jeremiah Burroughs

Esp. Esta es la primera entrega de mi grabación de esta gran obra puritana en inglés y español. El capítulo 1 ya está completo, y sigo avanzando. Vea más en la página de YouTube de Reformed Parish. (La lectura comienza a los 20 segundos de la grabación).

Eng. This is the first installment of my recording of this great Puritan work in English and Spanish. Chapter 1 is complete now, and I continue to make progress. See more at the Reformed Parish YouTube page. (Reading begins about 20 seconds into the recording.)

The Church’s duty to teach election

As the doctrine of divine election by the most wise counsel of God was declared by the prophets, by Christ Himself, and by the apostles, and is clearly revealed in the Scriptures, both of the Old and New Testament, so it is still to be published in due time and place in the Church of God, for which it was peculiarly designed, provided it be done with reverence, in the spirit of discretion and piety, for the glory of God’s most holy Name, and for enlivening and comforting His people, without vainly attempting to investigate the secret ways of the Most High. “For I have not shunned to declare unto you all the counsel of God” (Acts 20:27); “O the depth of the riches both of the wisdom and knowledge of God! how unsearchable are His judgments, and His ways past finding out! For who hath known the mind of the Lord? or who hath been His counsellor?” (Rom. 11:33–34); “For I say, through the grace given unto me, to every man that is among you, not to think of himself more highly than he ought to think; but to think soberly, according as God hath dealt to every man the measure of faith” (Rom. 12:3); “Wherein God, willing more abundantly to shew unto the heirs of promise the immutability of His counsel, confirmed it by an oath: that by two immutable things, in which it was impossible for God to lie, we might have a strong consolation, who have fled for refuge to lay hold upon the hope set before us” (Heb. 6:17–18)

The Canons of Dort (1619), 1.14

Los Cánones de Dort (1619), 1.1-3


CAPÍTULO PRIMERO

DE LA DOCTRINA DE LA ELECCIÓN DIVINA Y LA REPROBACIÓN.

Enseñanza sobre la predestinación divina, la cual el Sínodo declara que es conforme a la Palabra de Dios, aceptada hasta ahora por las Iglesias reformadas y presentada en varios artículos.

ARTÍCULO I.

Puesto que todos los hombres han pecado en Adán y se han hecho reos de maldición y muerte eterna, Dios no habría hecho injusticia a nadie si hubiese querido dejar a todo el género humano en el pecado y en la maldición, y condenarlo a causa del pecado, según estas expresiones del Apóstol: “para que toda boca se calle y todo el mundo sea hecho responsable ante Dios”; “ por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (Romanos 3:19,23); y, “porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

ARTÍCULO II.

Pero en esto se manifestó el amor de Dios: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (1 Juan 4:9Juan 3:16).

ARTÍCULO III.

A fin de que los hombres sean traídos a la fe, Dios, en su misericordia, envía mensajeros de esta buena nueva a quienes le place y cuando le place, por cuyo ministerio los hombres son llamados al arrepentimiento y a la fe en el Cristo crucificado. “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?” (Romanos 10:1415).

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Los Cánones de Dort (1619), 1.8-11

ARTÍCULO VIII.

La elección de todos aquellos que se salvan no es múltiple, sino una sola y la misma, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, pues la Escritura enseña que el beneplácito, el propósito y el consejo de la voluntad de Dios es uno, según el cual nos escogió desde la eternidad tanto para la gracia, como para la gloria, así para la salvación, como para el camino de la salvación, “las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 1:4-5 y 2:10).

ARTÍCULO IX.

Esta elección fue hecha, no en virtud de previsión de la fe,la obediencia de la fe, la santidad ni ninguna otra buena cualidad o disposición, como causa o condición, previamente requeridas en el hombre que habría de ser elegido, sino para la fe y la obediencia de la fe, para la santidad, etc. Por lo tanto, la elección es la fuente de todo bien salvífico de la cual proceden la fe, la santidad y otros dones salvíficos y, finalmente, la vida eterna misma, conforme al testimonio del Apóstol: “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, (no porque éramos, sino) para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4).

ARTÍCULO X.

La causa de esta misericordiosa elección es únicamente el beneplácito de Dios, el cual no consiste en que Él escogió como condición de la salvación, de entre todas las posibles condiciones, algunas cualidades o acciones humanas, sino en que Él adoptó como un pueblo especial para Sí a algunas personas determinadas de entre la común muchedumbre de pecadores. Como está escrito “(porque aún cuando los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama), se le dijo a ella —esto es, a Rebeca—: El mayor servirá al menor. Tal como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí” (Romanos 9:11-13); “y creyeron cuantos estaban ordenados a vida eterna” (Hechos 13:48).

ARTÍCULO XI.

Y como Dios mismo es sumamente sabio, inmutable, omnisciente y todopoderoso, así la elección hecha por Él no puede ser anulada ni cambiada ni revocada ni destruida, ni los escogidos pueden ser reprobados ni su número disminuido.

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